martes, 15 de septiembre de 2009

4095

Dicen que es por culpa de la altura, el dolor y el insomnio. Hace calor bajo la manta y no puedo dormir. La cabeza me lleva doliendo todo el día y las pastillas que he tomado no surgen ningún efecto. Comparto habitación con tres ingleses que ya dormían cuando yo llegué. Una papeleta que dice “You go to sleep with the others” me ha separado por una noche de mis compañeros, que duermen en otro cuarto similar al mío. Termina la última canción de Lost Channels, disco que he usado como somnífero sin mayores resultados, y decido apagar el iPod. A ver si así consigo dormir algo.

El día, que amaneció caluroso y soleado, toca a su fin con frío y lluvia. Entre lo uno y lo otro hemos recorrido siete kilómetros, cifra casi ridícula si no añadimos que han sido cuesta arriba. Muy cuesta arriba. En total, hemos salvado un desnivel de más de 1.200 metros, los que separan la entrada del Parque Nacional del Monte Kinabalu y el pequeño refugio de Laban Rata en el que ahora no consigo conciliar el sueño. Y en el que, oh suerte la mía, se ha estropeado la calefacción y el agua caliente.

En apenas unas horas sonará el despertador y tendremos que continuar la marcha. Otros dos mil metros más en línea recta y otros casi mil en línea vertical. Aunque no sea por baldosas amarillas el camino está bien marcado y es fácil de seguir, ahora por unas piedras, ahora por unas cuerdas. Cuando te paras y miras hacia adelante el alma se te cae a los pies al ver lo que te espera. Si miras hacia arriba, ya ni te cuento.Sueño que antes de acostarnos hemos jugado a las películas y que hemos enseñado a Hoh, nuestra compañera de viaje china, a jugar al policía y al ladrón. Sueño que no disimulaba bien la forma de morir y que el asesino siempre era descubierto por su culpa. Qué poca picaresca tenéis los chinos, digo. ¿No será que a los españoles os sobra un poco? contesta ella haciéndose la indignada.

Sueño que ya me dolían las piernas cuando comenzamos la última parte de la ascensión. Me abrigo bien, me colocó el frontal por encima de la gorra y miro el reloj, las dos y media de la mañana. El desnivel es, si cabe, mucho más pronunciado que ayer, con el alivio de que ahora la oscura claridad (toma oxímoron!) de la luna, en cuarto decreciente, no ilumina lo suficiente para ver lo que tienes por delante. Me agarro a la cuerda y tiro con todas mis fuerzas, no quiero seguir cargando las piernas que aún nos queda mucho.

Sueño que la última parte se convierte en una pesadilla, aún está muy oscuro, me falta el oxígeno y cada paso me cuesta un mundo. Si miro hacia atrás veo de lejos como pasan una escena de La noche de los muertos viviente, decenas de luces caminando despacio hacia mí, sin fuerzas, zigzagueando de forma etílica, como zombis. Alguien dice que ya no puede más y un guía se acerca para ayudarle. Me cuesta respirar y a cada poco tengo que parar a coger algo de aliento. Trato de respirar hondo cuando veo a otro guía que comienza a descender. Al pasar a mi lado veo (¿o sueño?) que va cargando con un montañista lesionado a la espalda. Ni siquiera la carga de Frodo era tan pesada, pienso. Miro hacia arriba y, como puedo, vuelvo a poner un pie delante del otro. Izquierda, derecha. Izquierda, derecha… Dicen que cuando tu cuerpo no puede más la voluntad es lo único que te hace seguir adelante.Me giro entre sueños y veo el sol aparecer al otro lado de la litera. Surge de la nada, por fin, poderoso e implacable, iluminando con tonos naranjas todo lo que nos rodea. Pronto los rayos comenzarán a calentar mi cara agarrotada por el frío, pero antes me concedo un minuto para pensar en dónde estoy y lo que me ha costado llegar hasta aquí. En algún sitio leí que, cuando John Krakuer, montañista y alpinista, llegó a la cima de alguna montaña de Alaska dijo que no sintió nada, que el sacrificio que le había llevado a coronar aquella cima, no compensaba en modo alguno lo que veía. Miro hacia las nubes que nos rodean cientos de metros montaña abajo y sonrío. Aunque sólo sea un sueño me alegro de no sentirme igual que el tal John.

Sigo dando vueltas y más vueltas en la cama. Oigo la lluvia sobre el tejado y el sonido se me mete en la cabeza como una taladradora. Cierro los ojos y pienso que estoy en mi oficina, han pasado dos días desde que hicimos la excursión y descubro en internet que el Monte Kinabalu, maldito seas! no es la montaña más alta del sudeste asiático como gustan de presumir los malasios. Alguna otra de Birmania, sigo leyendo, llega a los cinco mil. Pues sí que van a tener picardía los malasios oye, rectifico.

Continúo con la nariz pegada a la pantalla hasta que mi vista tropieza con el siguiente dato, la montaña tiene 4.095 metros de altura. Aunque haya parecido un sueño, eso no me lo quita nadie.Me palpo los muslos y pienso en estos dos días que llevo andando a lo chiquito por culpa de las agujetas. Sueño que sueño. Por fin suena el despertador, son las dos y media de la mañana…

martes, 8 de septiembre de 2009

Dos Uve Dobles con Sombrero

Por lo nervioso que está parece que fuera su primer día de trabajo. Una chapa en la solapa dice que su nombre es Kook y aunque seguro que lleva años haciendo lo mismo tiembla como un flan cuando nos pregunta por la duración de nuestra estancia. Agacha la cabeza y apunta afanoso, dos noches. No pregunta más y nosotros callamos, que nos escucha hablar y se traba. El, que así lo prefiere, nos sonríe envíandonos sus señales de complicidad. Con la mirada en el suelo nos extiende los tickets para el desayuno, de siete a diez. Es joven y probablemente tenga una familia esperándole en algún sitio.

Nos encontramos en el mes de septiembre. Del año 2009. Una soleada mañana de domingo en un mes especialmente lluvioso, monzónico. Tuerzo el gesto, miro hacia arriba y doy gracias a los dioses por los claros entre las nubes. Nos desplazamos en longtail, un tipo de embarcación más que típica en el sur de Tailandia. En la popa, Aaron, nuestro capitán, trata de salvar las embestidas del mar más violento que he visto en los dos últimos años esforzándose tanto como puede con el timón. Recuerdo su nombre porque coincide con uno de los personajes de otra de las islas más famosa de la televisión. Tampoco habla inglés y a duras penas acierta a decir snorkelling o sunset. Nosotros, según él, venimos de Sipaña, del país campeón de fútbol. Imagino que antes fue un simple pescador.
El resto de pasajeros en la barca conforma un puzle de nacionalidades tal que, sobre un tablero, dibujarían las líneas del continente europeo. Un portugués, cuatro italianos, dos inglesas y nosotros, dos españoles. Además se nos colaron un australiano y su novio chino, y cuatro jovencitas, tailandesas, que acompañaban a los italianos. Once turistas en total, un capitano, como le dicen los spaghetti, y cuatro chicas de compañía. Nuestro destino: La Playa.

Entre el primer y el segundo mes de 1999 se rodaba allí una película basada en el libro de Alex Garland que, para bien o para mal, cambió el destino de estas islas para siempre. Hace diez años, la “20th Century Fox” elegía Ma Ya Bay como escenario central para el film y su presupuesto de cuarenta millones de dólares. Convencidos de que el paraíso además de arena blanca y aguas turquesas debía tener palmeras, plantaron 78 en las inmediaciones de la playa, utilizando para ello excavadoras que convertirían el idílico enclave en un set de rodaje más, dañando, según algunos ecologistas, su ecosistema de forma irreparable.

Hace cinco años un tsunami asoló las costas de todo el sur de Asia, dejando decenas de miles de muertos y kilómetros de destrucción a lo largo y ancho del continente. Cosas del destino, al alcanzar la Playa en cuestión, el tsunami mejoró drástricamente su aspecto retirando la basura acumulada durante años y devolviendo las dunas a su posición inicial. Una drámatica recompensa para los tailandeses, los phiphienses o phiphinos, que veían como finalmente recuperaban de nuevo su Playa original. Fue un Boxing Day de la navidad de 2004.

Y probablemente, entonces, hace cinco años, ella estaba aquí, en Phi Phi, cuya traducción al tailandés escrito muestra dos uves dobles con sombrero. No sé su nombre, pero tampoco habla inglés. Se encuentra detrás de una plancha y un cartel amarillo que dice “fast food”. Hamburguesas, perritos calientes y, sobre todo, “thailand pancakes”, su especialidad. Prepara la comida con la parsimonia típica del trópico, despacio pero sin pausa, ahora uno de nutella, ahora uno con banana, y te señala los ingredientes con la mirada, hablando sin decir una palabra. Afinando el oído por encima del ruido de las olas puedes escucharla entonando una antigua canción. Al terminar te ofrece el cambio con una sonrisa en los labios y te despide feliz, casi entre risas. Probablemente, un día se dedicaba a la agricultura.

Su dulzura contrasta con las gafas de sol y las chanclas que encuentras calle arriba. Chicos y chicas jóvenes, casi adolescentes, australianos o ingleses en su mayoría, meros imitadores del joven mochilero británico, el novelesco e idolatrado Richard, te asaltan desde sus tiendas ofreciéndote cursos de buceo, clases de cariocas de fuego (¿qué cojones? pienso) o excursiones por el mar. Por un momento la isla me parece artificial y extraña, como si hubiese sido tomada por alienígenas de rastas decoloradas y gafas de colores. ¿Guiris repartiendo pases en las puertas de los bares? Ja! Eso era algo que me faltaba por ver. La visión me pareció obscena, antinatural. Como los argentinos en Huertas, de corta y pega.

Es Tailandia y su sur, pienso. Turismo anglosajón de cerveza y barrigas sobre mini speedos.

Al volver de Sipadan dije que, casi con toda seguridad, no iba a volver a pisar una playa tan bonita en toda mi vida, ni a ver un agua tan transparente, tan turquesa. Tres semanas más tarde, comprendo lo gratuito y absurdo que resulta hacer afirmaciones absolutas. Gracias a los dioses, volvía a estar equivocado.

lunes, 24 de agosto de 2009

No Comments

Amnistía Internacional (AI) ha instado al Gobierno de Malasia a que intervenga para evitar que una modelo de religión musulmana que bebió una cerveza sea azotada en cumplimiento de las leyes islámicas. Kartika Sari Dewi Sukarno, de 32 años, fue condenada el pasado julio a seis latigazos y a una multa de 5.000 ringgit (unos 2.000 dólares) por consumir alcohol en una sala de fiestas del estado de Pahang, al este de Malasia.

"Azotar es un castigo cruel, inhumano y degradante, y además lo prohíbe la legislación internacional sobre Derechos Humanos", indicó la organización en un comunicado. De llevarse a cabo el castigo, esta modelo que trabaja en la vecina Singapur y es madre de dos hijos, será la primera mujer en ser azotada en Malasia, bajo la sharia o ley islámica que se aplica a la población de religión musulmana. Cuando el tribunal de Pahang anunció el fallo, el fiscal a cargo del caso declaró que el objetivo de la pena "es educarla, más que castigarla".

Los hechos por los que fue declarada culpable se remontan a hace un año, cuando la modelo asistió junto a varias amigas a una fiesta playera y el camarero que le sirvió la cerveza no le pidió su documentación para verificar que no era musulmana. Alguna persona se percató de que bebía cerveza y alertó a la Policía, que detuvo a la mujer.

El consumo de alcohol es un asunto polémico en Malasia, donde un sector de la mayoría musulmana quiere extender la prohibición a las minorías china e india e implantar una "ley seca" en todo el país. En Malasia, los azotes se dan con
un látigo de ratán de un metro de largo y humedecido antes de ser empleado por los funcionarios de prisión a cargo de aplicar el castigo corporal.

Fuente: EFE

miércoles, 19 de agosto de 2009

El Canto de la Grulla

Hacía tiempo que pensaba en escribir sobre este tema. Tiene que ver con algo sobre lo que ya os hablé el año pasado y que, casi inconscientemente, he ido dejando siempre para más adelante. Pero ha llegado el momento de recurrir, de nuevo, al mismo tema, escatológico y excrementicio, de los cuartos de baño.

Puede resultar complicado entender ciertas prácticas desde nuestro común e impecable decoro occidental. Es más, seguro que casi todos tenemos la certeza de que sólo hay una forma de utilizar un cuarto de baño. No tiene mucho misterio; te sientas, te relajas, coges una revista (opcional) y terminas. Tan simple que yo mismo pensaba que si teletransportases a un troglodita hasta nuestros tiempos y le plantases delante de una taza de váter, él solito sabría cómo utilizarla.

Demostrar esta teoría resultaría altamente complicado, por no decir imposible, por lo que si quisiésemos continuar con el experimento no nos quedaría otra que cambiar el sujeto de estudio. Por ello tomaremos como muestra no un individuo del pasado sino un país entero del presente, por ejemplo, Malasia.

El método científico dice que el primer paso para confirmar una teoría consiste en la observación. Bien, después de 10 meses en Malasia, puedo decir que ya he visto suficiente. Y si a eso le sumamos el tiempo que pasé en Indonesia, seguro que ya he visto más de lo que aconsejan los psiquiatras (si fuese un personaje de la Llamada de Cthulhu tendría el nivel de cordura bajo cero). Una de las cosas que más me llamó la atención, por ejemplo, fueron lo sucias y gastadas que estaban las tapas de las tazas de váter en los sitios públicos. Allá donde iba las encontraba grisáceas y con unos surcos extraños en la parte donde te sientas, algo parecido a arañazos, como si los mojones malayos se aferrasen a la vida. Más tarde observé que sólo se formaban colas en aquellos cubículos que no tenían taza, consistentes en un simple agujero en el suelo. El resto, con váter, estaban vacíos la mayor parte del tiempo. Van contra natura, pensaba.

¿Por qué de este comportamiento? ¿Tendría algo que ver con las manchas grises y los arañazos? Entonces un día vi este cartel en un cuarto de baño y comprendí, estupefacto, como mi teoría del troglodita había sido refutada, y no por un individuo asocial y aislado procedente del pasado, sino por toda una nación.

En Malasia la gente se sube a los retretes para hacer sus necesidades! Plantan los pies en la tapita de plástico, ahí donde luego yo acomodo mis posaderas, y como si nada se acuclillan para hacer sus asuntos. Ni a los guionistas de cocodrilo dundee se les habría ocurrido semejante aberración!

Lo gracioso, y lastimoso, del asunto es comprobar cómo las autoridades malayas, conscientes del error, tratan de aleccionar a su pueblo, confundido y aferrado a sus costumbres, sobre el uso adecuado del inodoro. Con cómics y carteles, de lo más irónico. Esto les pasa por no haber aprendido la lección a tiempo, claro que imagino que cuando los ingleses, ingenuos como son, instalaron los primeros baños en el país tropical no creyeron necesario explicar su correcta utilización; “hasta un troglodita sabría cómo hacerlo”, pensarían.

El cuarto paso de la teoría científica invita a probar la hipótesis mediante la experimentación, pero una vez refutada la teoría me niego a ir más allá. Adoptar la posición de la grulla debe resultar complicadísimo y, como se puede apreciar en los carteles, altamente peligroso. Casi esperpéntico. Tanto que si lo hiciesen los del Circo del Sol lo llamarían arte.

Pensándolo detenidamente me surgen muchas preguntas. Si no se quieren sentar, ¿por qué no ponen trocitos de papel, o por qué no se reclinan sin más? ¿o por qué no hacen como nosotros y acercan el trasero sin llegar a tocar la taza? O puestos a ser más brutos, ¿por qué no enfrentarse a la taza cual Clint Eastwood en pleno duelo o cual Rivaldo listo para lanzar un libre directo, de pie, pero en el suelo, y con la taza entre las piernas arqueadas? Raúl lo tendría fácil.

Pero si hay una pregunta recurrente y que no puedo dejar de hacerme es, ¿por qué cagar en cuclillas cuando puedes cagar sentado?

miércoles, 12 de agosto de 2009

El Efecto Maison

Miraba aquellos papeles y me hacía el loco. Yo creo que servirá, pensaba, total,los tengo todos menos uno y ya he presentado el resto de documentación. Se trataba del expediente académico; lo había pedido un par de años atrás para presentarlo en el trabajo, ese mismo que estaba a punto de abandonar, e, inexplicablemente, no encontraba una de sus hojas. Había perdido la número siete. No pasa nada, total, es sólo una página, pensaba.

Por aquel entonces aún no conocía una de las máximas del ICEX: lo tomas o lo dejas, como las lentejas, o todo o nada, como en la ruleta rusa, o presentas antes del viernes el documento completo, con-todas-y-cada-una-de-sus-doce-páginas, o llamamos al siguiente candidato.

No estaba del todo seguro de que aquella decisión fuese la más acertada así que zanjé la cuestión lanzándoles un órdago. No iba a dejar que aquella panda de burócratas me pasase por encima. Si por una hoja de papel me van a montar ésta, ya se pueden ir buscando a otro. Di media vuelta y volví a mi oficina. Me senté en mi mesa y respiré aliviado, ¿por qué habría de arriesgarlo todo?

Aquella misma tarde me armé de valor y subí a hablar con mi jefe. Había pospuesto el tema de aumento por si finalmente abandonaba la empresa, pero había llegado el momento de agarrar al toro por los cuernos y luchar por aquello que tanto había ansiado durante los últimos meses. Casi había descartado la idea de la beca así que, después de todo, me sentía legitimado para exigirlo. Aún así, le hablé de la oferta y de los exámenes que había pasado, del máster que me ofrecían y del año en la embajada. En realidad, la beca ya no era más que una simple coartada, una encerrona. La presión de irme y dejarlos tirados era mi estrategia.

Aquellas navidades las pasé en casa, con los míos. La estrategia funcionó y para celebrar la subida de sueldo compré un montón de regalos. Al ver el extracto bancario de enero decidí abrir una cuenta corriente extra para ahorrar algo de dinero y poder comprar los muebles de la casa. Aún quedaba más de un año para que me la diesen, pero ya llevaba tiempo viendo cosas y empollándome el catálogo de IKEA.

Seguí trabajando en aquella oficina. La gente era genial y cada día, a la hora del desayuno, celebrábamos una pequeña reunión para hablar de fútbol, nuestro sanedrín particular. El rondo, le decíamos. El verano se fue como llegó, rápidamente y sin apenas tiempo para disfrutarlo. En otoño asistiría emocionado al nacimiento de mi primer sobrino, Nicolás, y vería como mi vida se llenaba, poco a poco, de más y más mocosos. Mi mejor amigo me dijo que iba a ser padre, mi primo y su novia esperan para septiembre a la princesa bohemia y últimamente ando aleccionando a Sofía sobre cómo mantener a raya a los matones del cole de mayores, que empezará el año que viene.

Por Facebook encontré a varios compañeros de clase y, en mayo del año pasado, decidimos hacer una quedada para contar batallitas y recuperar el tiempo perdido. Eran no menos de las cinco de la mañana cuando recién orinados en la puerta del colegio decidimos recogernos a casa. Los meses pasan fugaces uno detrás de otro, como coches en una autopista. Junio de 2008 me vio celebrar el gol de Torres en la Cibeles, y el de 2009 tirarle de las orejas a mi abuela en su 99 cumpleaños.

Aún hoy conservo el mismo trabajo, la misma gente, los mismos clientes. Hace unos meses me ascendieron y por fin pude cambiar de coche. Jamás me arrepentí de rechazar la beca y quedarme; es más, ni siquiera he vuelto a pensar en ello. Me considero una persona feliz y no me cambiaría por nadie.

Muchos sabréis en qué consiste el efecto mariposa. Para los que aún no lo saben diré que el nombre proviene de un antiguo proverbio chino que dice así, “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. O dicho de un modo aún más poético, el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York. La teoría viene a decir que la más mínima variación en las condiciones iniciales puede provocar que el sistema evolucione de una forma totalmente diferente. Esta interrelación causa-efecto, concluye el artículo, se da en todos los eventos de la vida.

Aquella fría mañana de diciembre de 2007 ni lancé un órdago al ICEX, ni me tiré ningún farol en el despacho de mi jefe. La verdadera historia cuenta que salí hecho un flan de las oficinas del ICEX. Quedaban solo dos días para presentar la documentación y a mi me faltaba la página siete del dichoso expediente. Al llamar a la universidad me dijeron que tardarían entre dos y tres semanas en tener listo una nueva copia. Sudores fríos caían por mi frente, no me podía creer que después de medio año de exámenes y agobios, el destino me fuese a jugar tamaña jugarreta.

Decía que llegué al trabajo totalmente abatido. Allí me encontré con Maison, que para variar estaba con un bajón aún peor que el mío. Amigo y confidente, al contarle mi problema enseguida se ofreció a ayudarme. Sus padres, me contó, trabajaban en la universidad y quizá podrían conseguir que el rector firmase mi nuevo expediente en un tiempo récord. Dos días después conseguí, gracias a él, entregar el documento, flamante página siete incluida, apenas minutos antes de que las oficinas del ICEX cerrasen el plazo.

Hoy me pregunto cómo serían nuestras vidas si hubiésemos tomado otras decisiones, qué hubiese pasado si hubiese sido Brasil en lugar de Indonesia y, sobretodo, qué hubiese pasado si no llega a ser por Maison. Al mirar hacia atrás veo a lo lejos un montón de trenes que dejé pasar, mientras que si hago memoria veo otros muchos que cogí sin saber a dónde me llevaban. Quizá la clave esté en no comerse la cabeza y en no fijarse de dónde vienes, si no a dónde vas. Como el chico de la otra historia, hoy, dos años y medio después, también me considero una persona feliz y afortunada, y hoy tampoco me cambiaría por nadie.
Esta entrada está dedicada, como no, al Gran Maison.

martes, 4 de agosto de 2009

Test Drive 2009

Era el primer ordenador que teníamos, solo tenía cuatro colores (¿CGA?) y una tapa a un lado de la pantalla para insertar diskettes de cinco un cuarto. Digital Vax Mate, ese era su nombre.

Estamos a finales de la década de los ochenta, algún año perdido entre la noche vieja de Sabrina y el mundial de Italia. Un tiempo en el que todos los juegos funcionaban aún bajo la combinación mágica del O-P-Q-A. En aquel entonces era mi padre quien, de cuando en cuando, traía algún juego a casa. El LHX de helicópteros, aquel otro de golf o, el que sería nuestro primer juego de coches en un ordenador, el Test Drive.

Lo cierto es que el juego era lo más para aquella época. Podías elegir entre varios coches, un Ferrari, un Porsche, un Lamborgini, tenía retrovisor donde ver los coches que habías pasado y la policía te perseguía, e incluso te multaba, si te pasabas el límite de velocidad delante de ellos. Todo era perfecto salvo por una cosa, las marchas.

Las dichosas y complicadas marchas. Yo tenía menos de diez años y aún no tenía la menor idea de utilizarlas. ¿Para qué leches sirven? pensaba. El maldito coche se quemaba si no conseguías cambiar a tiempo y a mi lo que me molaba era acelerar y torcer. El freno y, sobretodo, las marchas me traían sin cuidado. Para evitar mayores problemas perfeccioné una técnica a la salida que consistía en subir de primera a quinta directamente y acelerar a tope hasta coger velocidad. Ni que decir tiene que el coche iba cagado hasta que no alcanzaba los 100 km/h y que perdía un tiempo precioso, pero aún así el truco me compensaba con creces.

(…)

Como cada mañana, hace unos meses, cogí un taxi en la estación de tren para dirigirme a la oficina. Parecía un taxista más pero lo que vi me dejó boquiabierto. Hasta que llegué a Malasia siempre había pensado que aún conservaba la patente de tamaña jugada maestra, meter la quinta y olvidarme, y, sin embargó, aquel malayo de edad avanzada osaba a imitarla. Y, nada más y nada menos, que en la vida real. Para mi asombro no sólo la llevó a cabo una vez, sino en cada parada que hacía, cada stop, cada semáforo en rojo, yo no podía más que abrir más y más los ojos. “Este pavo utiliza mi técnica, es un maestro”.

Lo volví a coger un par de veces más y siempre me descojonaba con la forma en que cambiaba las marchas. Fui un adelantado a mis tiempos, concluí. Un día decidí echar la cámara de fotos en la mochila a ver si podía grabarle en acción. La semana pasada, después de mucho tiempo sin verle, por fin nos reencontramos con él. Este es el resultado.


martes, 28 de julio de 2009