martes, 4 de agosto de 2009

Test Drive 2009

Era el primer ordenador que teníamos, solo tenía cuatro colores (¿CGA?) y una tapa a un lado de la pantalla para insertar diskettes de cinco un cuarto. Digital Vax Mate, ese era su nombre.

Estamos a finales de la década de los ochenta, algún año perdido entre la noche vieja de Sabrina y el mundial de Italia. Un tiempo en el que todos los juegos funcionaban aún bajo la combinación mágica del O-P-Q-A. En aquel entonces era mi padre quien, de cuando en cuando, traía algún juego a casa. El LHX de helicópteros, aquel otro de golf o, el que sería nuestro primer juego de coches en un ordenador, el Test Drive.

Lo cierto es que el juego era lo más para aquella época. Podías elegir entre varios coches, un Ferrari, un Porsche, un Lamborgini, tenía retrovisor donde ver los coches que habías pasado y la policía te perseguía, e incluso te multaba, si te pasabas el límite de velocidad delante de ellos. Todo era perfecto salvo por una cosa, las marchas.

Las dichosas y complicadas marchas. Yo tenía menos de diez años y aún no tenía la menor idea de utilizarlas. ¿Para qué leches sirven? pensaba. El maldito coche se quemaba si no conseguías cambiar a tiempo y a mi lo que me molaba era acelerar y torcer. El freno y, sobretodo, las marchas me traían sin cuidado. Para evitar mayores problemas perfeccioné una técnica a la salida que consistía en subir de primera a quinta directamente y acelerar a tope hasta coger velocidad. Ni que decir tiene que el coche iba cagado hasta que no alcanzaba los 100 km/h y que perdía un tiempo precioso, pero aún así el truco me compensaba con creces.

(…)

Como cada mañana, hace unos meses, cogí un taxi en la estación de tren para dirigirme a la oficina. Parecía un taxista más pero lo que vi me dejó boquiabierto. Hasta que llegué a Malasia siempre había pensado que aún conservaba la patente de tamaña jugada maestra, meter la quinta y olvidarme, y, sin embargó, aquel malayo de edad avanzada osaba a imitarla. Y, nada más y nada menos, que en la vida real. Para mi asombro no sólo la llevó a cabo una vez, sino en cada parada que hacía, cada stop, cada semáforo en rojo, yo no podía más que abrir más y más los ojos. “Este pavo utiliza mi técnica, es un maestro”.

Lo volví a coger un par de veces más y siempre me descojonaba con la forma en que cambiaba las marchas. Fui un adelantado a mis tiempos, concluí. Un día decidí echar la cámara de fotos en la mochila a ver si podía grabarle en acción. La semana pasada, después de mucho tiempo sin verle, por fin nos reencontramos con él. Este es el resultado.


martes, 28 de julio de 2009

martes, 21 de julio de 2009

Ese "algo"

Ya sea bajo un sol inclemente o a la sombra del skytrain, pasear por Kuala Lumpur resulta casi siempre agotador. Siempre hace calor y a menudo las aceras, sucias y agrietadas, no se encuentran en condiciones que faciliten la tarea. Sin embargo, después de haber vivido y visitado algunos de los países vecinos, el paseo termina por resultarme agradable e, incluso a veces, apetecible. Es más, siempre he defendido que como ciudad para vivir, Kuala Lumpur, sin llegar a ser Singapur, está más próxima a Europa que al sudeste asiático.

Y, sin embargo, siempre hay un “algo” en el ambiente que la aleja tremendamente de occidente.

Ya os he hablado de la afición que existe en estos países por el fútbol inglés. Si la Liga o la Serie A sólo son seguidas de reojo, la Premier es el acontecimiento más importante durante los fines de semana, mucho más que la Champions. A veces parece que la vida se organiza en torno a sus horarios.

El Manchester United se encuentra en Malasia preparando la temporada y esta semana ha disputado dos partidos amistosos contra la selección malasia. Tal es la falta de identidad nacional de este país que prácticamente el 100% de los aficionados que llenaron el estadio, por no decir el 100% del país, apoyaron a los diablos rojos y, sin alcohol ni grandes ostentaciones, acabaron celebrando como propias sendas victorias. Uno de estos partidos debía haberse celebrado en Yakarta pero el club decidió suspender la visita después de que el hotel en el que debían alojarse saltase por los aires la semana pasada.

El Liverpool tiene el (dudoso) honor de tener en Malasia su club de fans más numeroso del mundo. En mi oficina casi todo el mundo es del Liverpool. Mi jefe luce en su elegante Lexus una pegatina que dice “You´ll Never Walk Alone”. Randy y Danny, mis compañeros chinos que estuvieron un mes sin hablarme después del 2-6 en el Bernabeu, siempre beben Carlsberg durante los partidos de la Premier y, pase lo que pase, siempre apuestan por el Liverpool. El motivo no lo tengo del todo claro pero la devoción malasia por el club de Mersey está ahí, y es descomunal... y, sin embargo, se ven muchísimas más camisetas del Manchester o incluso del Madrid o del Barca por la calle. Y, además, el Liverpool no ha visitado nunca Malasia durante sus giras veraniegas. El equipo se encuentra esta semana en Singapur en medio de una gira asiática cuyo partido inicial se disputó la semana pasada en Tailandia, pero ¿por qué nunca vienen a Malasia?

La respuesta está en la cerveza. Y no, no me refiero a que los aficionados habrán de ahogar sus penas en el alcohol, sino a la publicidad que el Liverpool muestra en sus camisetas, Carlsberg. Esta semana Taxiquemajillo (por el que aún no me he decantado, por cierto) me ha informado que las autoridades malayas no autorizan la visita debido a que Carlsberg es haram, o lo que es lo mismo, que está prohibido por el Islam. Hecho que también explica la misteriosa ausencia de camisetas. Pero ahí no acaba la cosa. En 1993 el Liverpool decidió cancelar la que debía ser su primera visita a Malasia por la negativa de las autoridades malasias a que el centrocampista israelí Rosenthal pisará suelo musulmán. Si no fuese por la cerveza, hoy en día otro medio israelí, Yossi Benayoun, sería la excusa.

Pero el extremismo en este país no se contenta con evitar la entrada de un equipo de fútbol. En varias ocasiones se ha prohibido la entrada a la Orquesta Filarmónica de Nueva York por incluir en su repertorio piezas de compositores de origen judío. Durante los noventa Steven Spielberg prohibió la difusión de sus películas en Malasia después de que la censura cortase gran parte de La Lista de Shindler, película que el entonces primer ministro calificó de “propaganda anti alemana”.

La distinción entre religión y política en esta sociedad es prácticamente nula y seguro que ese “algo” que siento paseando por las calles de Kuala Lumpur tiene su fuente en un gobierno que pretende ser un mero transmisor de la ley de Dios. La gente que lleva aquí un tiempo dice que cada vez se ven más mujeres con velo por la calle y ahora, en verano, la ciudad está llena de turistas procedentes de Oriente Medio entrando y saliendo de los lujosos centros comerciales, hasta arriba de bolsas. Ellos en bermudas y chanclas, sus esposas de riguroso niqab negro, prenda que cubre todo el cuerpo, manos y pies incluidos, y que solo deja los ojos al descubierto.

Volviendo al fútbol, más increíble resulta la historia del Liverpool si tenemos en cuenta que todos los días camino de casa puedo ver desde la ventana del tren una fábrica de Carlsberg. Es la más grande de todo el sudese asiático y hace cuatro años fue atacada por un grupo de extremistas que usaron un lanza cohetes M16-203 para intentar destruirla. En aquel entonces el gobierno condenó los hechos sin atender a etiquetas halal, ni etiquetas haram. Claro que… ¿desde cuándo la política o la religión estuvieron reñidas con el dinero?

miércoles, 15 de julio de 2009

Una de Vampiros

Aunque en malayo bien podrían serlo, ni Miri es un diminutivo, ni Mulu es un improperio, sino dos partes de Sarawak que se comunican por avión. En realidad están tan cerca una de la otra que bastan veinte minutos (diez de subida y otros tantos de bajada) o diez horas en barca para llegar de la una a la otra.

Miri es un pueblucho venido a más gracias a sus yacimientos de petróleo y a las caras blancas que lo gestionan. Mulu no llega a ser ni un pueblucho, pero tiene un hotel en el que Alberto de Monaco bailó y cantó con los locales, y unas cuevas que desafían las leyes por las cuales sus montañas y sus suelos se mantienen en pie. En una balanza, Miri sería como un globo de helio y Mulu como una pelota de bolos (agujeros incluidos), así que la decisión cayó por su propio peso, del lado de las cuevas y de Alberto. Nuestra segunda incursión en el Borneo malayo.

El principal atractivo de Mulu se encuentra en sus cuevas, pero como nosotros nunca fuimos seguidores de modas (al menos no desde que destaparon a los infames Milli Vanilli), preferimos el trekking de alturas y pináculos, y el sendero de los cazadores de cabezas. Nunca lo fuimos... hasta que la moda y la escasa disponibilidad de plazas en la zona, uno de los defectos del desarrollo turístico malasio (ya veremos si el Patata y el Beni pisan Sipadán), nos convirtieran en "otros más" que se quedan sin hacer ese par de rutas tan apetecibles.

Qué le vas a hacer, buena cara al mal tiempo, y derechos hacia las cuevas. La más grande del mundo, la más larga del planeta, la que más murciélagos acoge, y la que más guano decora su interior. Y todo eso porque aún no les ha dado por meter jumbos de la “Malaysian airlines”, que si no también tendrían el récord como “la cueva hangar más grande del mundo¨.

Decía que el Parque parece ostentar todos los récords mundiales, incluido el del "canopy walk" o pasarela interarborea más larga que existe, un paseíto de más de 600 metros por todo lo alto, o el de ¨7 guias para 15.000Ha". También el de la cámara subterránea más grande, de 700 metros de largo, 396 de ancho y más de 70 de alto. Y el de backpacker para murciélagos más generoso del mundo: 13 millones viven en ella, familias y familias de ratillas voladoras que a) no son ciegas y b) conviven en paz con kilos y kilos de guano, más conocido como "caca de murciélago" que alegremente se acumula bajo sus cabezas. Y yo me quejo de las bolillas de polvo que me salen debajo de la cama...

Tanta era la mierda y tal el olor que alguien le preguntó a la guía que qué pasaría cuando no entrase ni una cagarruta más en la cueva. Y de golpe se hizo el silencio. Se apagaron las linternas, y en la oscuridad solo se veían esos ojillos blancos con punto negro de los dibujos animados. "Se lo comen los bichos" se oye al típico marisabidillo del grupo, a lo que una voz discordante añade "qué injusticia, vaya ecosistema". Y se hizo de nuevo la luz. Y todos respiramos aliviados, ufff. Y cuando el aire entraba en nuestros pulmones, a todos nos vinos una arcada por la acidez del guano puaagg.

Entre 2 y 3 millones de murciélagos abandonan la cueva cada atardecer en busca de comida. Dicen que las crías se quedan en la guardería de la cueva y que al volver sus padres las reconocen por el olor, que, con tanto guano, ya tiene mérito. También dicen (el marisabidillo de turno y sus secuaces) que en Méjico o Tailandia, este momento es más espectacular si cabe; no sé si por el tamaño de los murciélagos, o porque nunca se está a gusto con lo que se tiene. El caso es que para mi el reguero que salía de la cueva, formando una especie de chimenea natural en el cielo, fue además de curioso, novedoso, y por eso me gustó.

El resto del tiempo lo pasamos subiendo montañas y bajándolas, dándonos chapuzones en el río y caminando del hotel a la cantina del parque, donde la comida estaba a mitad de precio. Andando llegamos a un poblado Penan, de hombres tatuados y mujeres con las orejas por la clavícula, al que el resto de turistas llegaban en barca. Tanto anduvimos que no puedo si no dedicar esta entrada al Ge y a la tendinitis con la que volvió de aquellos cinco duros días de vagabundear por París. Por ti (y por tus gemelos!).

martes, 7 de julio de 2009

La Balada de Sayid y Taxiquemajillo

Un buen día me dijo que ya no podía venir a buscarnos más. Al colgar el teléfono pensé, “la cagamos”.

Ya os he hablado de él. Se llama Sayid, como el ricitos de LOST, y durante seis meses fue el taxista que nos venía a recoger, unos días más tarde y otros más pronto, cada tarde a la oficina. Aunque a veces se ponía un poco pesado con el Islam y a Susana ni la miraba, ni la hablaba, por lo general se mostraba como un hombre afable y de conversación fácil. Su aspecto era el de un hombre duro y gastado por el tiempo. Fumaba mucho, incluso cuando nos llevaba a nosotros de pasajeros, y tenía un fuerte acento americano con el que, de cuando en cuando, gustaba de sermonearnos. Tenía casi 70 años y a veces nos contaba historias de cuando era joven, de sus años combatiendo comunistas en el ejército y de su etapa como profesor de inglés en la universidad. Los viernes solía llegar un poco tarde, sus amigos, decía, le liaban en la mezquita donde no sólo iba a orar, sino a descansar, a discutir de política.

Cada tarde, media hora antes de salir, le llamábamos para que viniese a buscarnos. El trayecto dura apenas quince minutos, lo que se tarda en ir desde nuestra oficina en Klang a la parada de tren de Padang Jawa, aunque, sin aire acondicionado, a veces se hacía un poco más pesado. A cambio de su fidelidad le pagábamos diez ringgits, tres o cuatro más de lo que habría sido justo.

Pese al "la cagamos", su llamada aquella tarde no nos preocupó mucho en principio. Se había hecho daño en un hombro por lo que deberíamos buscarnos otro taxi para los próximos días. Nosotros trabajamos en un polígono industrial un poco apartado de todo por lo que encontrar taxi no es siempre fácil. Aquel primer día llamamos a una compañía de taxis y estuvimos esperando su llegada casi una hora. Al segundo nos volvió a suceder lo mismo, y pronto caímos en la cuenta del papel tan importante que aquel viejo taxista había jugado hasta el momento en nuestras vidas. Sin él, llegar a casa cada tarde se había convertido en una pesadilla.

Llamamos a Sayid un par de veces para preguntarle sobre su lesión pero al cabo del tiempo pensamos que lo más seguro es que ya no le compensase venir a buscarnos o que había encontrado algún cliente que le ofreciese más dinero. Durante más de un mes estuvimos peleándonos con todos los radio-taxis de la zona y, muchas veces, ante la desesperación, echábamos a andar hacia la estación rezando porque algún taxi nos parase de camino. Cuántas caminatas nos habremos pegado bajo el sol sofocante de Malasia. Cuántos taxistas habrán pasado de largo sin reparar en nosotros. Cuánta dignidad perdida! Un día, después de más de una hora, hasta conseguimos llegar a la estación andando. Total ¿qué son seis kilómetros sin apenas aceras y 40 grados a la sombra?… deprimente, lo sé. En fin que, cuántas veces nos acordamos de Sayid (y de la madre que lo parió...).

La desmoralización llegó al punto de pensar en comprarnos una moto. Era una idea que ya barajamos al llegar, pero que descartamos por los consejos de nuestros compañeros de oficina, “de noche, esta ciudad es peligrosa, y si dejáis la moto en la estación seguramente no os dure ni dos días”. Sin embargo, la frustración era tal que optamos por darle una oportunidad al tema.

El día anterior en que Mr. Guna, un compañero de trabajo, debía llevarnos a varios talleres a ver modelos de moto ocurrió el milagro. Íbamos camino del tren bajo los ya habituales cuarenta grados de frustración cuando nos paró un taxista. “Hoy no os puedo llevar porque a las seis y media tengo que recoger a alguien, pero si queréis os voy a buscar mañana a las seis”. No sabíamos ni cómo se llamaba, pero tal era nuestro júbilo que guardé su nombre en el móvil como, Taxistaquemajillo. Aquel indio cumplió su promesa y al día siguiente estaba esperándonos en la puerta de la oficina.

Desde entonces Taxistaquemajillo nos ha venido a buscar todas las tardes de forma puntual, por lo que siempre llegamos a tiempo para coger el tren de las 18:16. Es joven y le encanta hablar de fútbol. La primera pregunta que me hizo fue que cuál era mi equipo favorito y cuando el Madrid fichó a Ronaldo, estuvimos todo el camino comentando la jugada. Su taxi está siempre limpio y cuando nos montamos, ufff!, siempre lleva puesto el aire acondicionado. Aquel primer día insistió en darnos el cambio de diez ringgits, pero le dijimos que se lo guardara.

Y así de feliz transcurría nuestra vida hasta ayer, cuando salimos de la oficina para reconocer en la puerta a… Sayid. "La madre que le parió", pensé. Se encontraba de pie cerca del taxi, como si de una aparición se tratase, y su figura parecía algo mayor. Al hablar observé que tenía un agujero en la boca que hace dos meses ocupaban dos dientes, la barba se le notaba descuidada y la ropa parecía que no había sido planchada en días. Nos dijo que ya se había recuperado y que había perdido nuestro número por lo que se había tomado la molestia de venir a la oficina para buscarnos. Noté que su inglés también había empeorado, parecía que no encontraba las palabras necesarias para expresarse con normalidad y, por eso del hueco en los dientes, silbaba mucho, y ni siquiera recordaba cómo nos llamábamos…

Fue un encuentro un poco incómodo, él abriendo la puerta del taxi y nosotros haciéndonos los despistados, silbando también, rehusando a entrar. Al final, le dijimos que otro taxi estaba en camino a lo que respondió sin importancia que no había problema, que le llamase al día siguiente y que él nos vendría a recoger, "as usual".

Bueno, pues ya es mañana y no sé a quién llamar. A ti la situación te parecerá una tontería pero yo llevo todo el día dándole vueltas. Por un lado, no llamar a Sayid sería hacerle un feo muy grande. Imagínate que un empleado tuyo se coge una baja médica y que cuando se reincorpora lo pones directamente de patitas en la calle para quedarte con su sustituto, que además de trabajar mucho mejor, habla de fútbol y no de religión. Por mucho que uno tenga experiencia, dejar a una novia nunca es fácil. Me imagino cogiendo el teléfono y teniendo esta conversación, “Sayid, mira, no sé cómo decírtelo pero… creo que debemos empezar a vernos con otra gente”, al estilo sensación de vivir, o, acaso esta otra, más directa y definitiva, “Sayid, he conocido a otro”.

Por otro lado, no puedo negar que Taxistaquemeajillo estuvo ahí cuando más le necesitábamos, que su taxi está mucho más limpio y que siempre está mucho más fresquito. Gracias a él, ahora cogemos el tren todos los días muy pronto y podemos llegar antes a casa. Ahora tengo tiempo de bajar a darme un baño a la piscina o de bajar al gimnasio. Ahora soy más feliz! y he recuperado la dignidad! Sayid es aquella chica de la que estaba enamorado hasta que esta otra, Taxiquemajillo, se cruzó en mi vida.

No sé si por listos, por tener ahora dos taxistas, nos quedaremos de nuevo sin ninguno y nos tocará volver a las andadas (nunca mejor dicho). Lo que sé es que son las cinco de la tarde y que debo llamar a uno de los dos para que venga a buscarme pero... ¿a quién?

martes, 30 de junio de 2009

El Niño No Quería Escribir una Entrada

"Siempre que me vienen a visitar encargo que me hagan una entrada".

El niño vive en Malasia, así que técnicamente no fuimos de visita. Pero no importa. En mi visión iletrada y romántica del mundo, éste tiene cinco continentes: América, Europa, Africa, Arabia y China. Y hacer un viaje a China (por mucho que sea a Tailandia y Camboya), teniendo dos amigos en China (por mucho que sea en Malasia), es hacer una visita en toda regla.

Han pasado diez minutos entre el párrafo de arriba y esta frase. El niño no sabe, todavía, que puedo escribir de comida china, gastroenteritis, mochileros y repelente de mosquitos, pero no puedo escribir de arrozales, selvas o ruinas al amanecer. Dame Helsinki y Doha, la burocracia, la línea 6 de metro, una peli de Medem, una noticia de la SGAE o unas obras de Gallardón y yo estoy en mi salsa, pero no me des la mejor playa ni las ruinas más espectaculares. Podía escribir del país que me merecí, pero no de los países que voy a visitar. Esta claro que, igual que hay antihéroes, también hay antiescritores, así que cedo la entrada.

5 vuelos, 4 taxis, 5 tuk tuks, 4 longtails, 2 ferrys, 2 trenes, y un viaje en metro después llegamos finalmente a la meta del viaje. El Komando Malasia nos esperaba en el aeropuerto-pagoda de Siem Reap, después del timo con sello oficial que la policía camboyana tiene a bien gastarle al turista. Para no parar el ritmo del viaje que tenía como hora habitual de amanecida las 5 am, dos besos, tuk tuk al hotel y corriendo a las ruinas.

No voy a negarlo, soy un pedante y me gustan las piedras (aunque 3 horas de explicación de Ramanya, Maharabatra y el Océano Lácteo también me acaban por superar) pero creo que es difícil describir las ruinas de Angkor. Son a las Ruinas lo que el Real Madrid es a la Champions*, Nadal a Roland Garros, o el Mortirolo a los puertos ciclistas. Siempre pensé que para ver cualquier conjunto de ruinas un dia sobra, pero aquí después de tres no has visto mas que una parte.

En cuanto a con cuál quedarse, la duda está entre las misteriosas caras sonrientes del Bayon y la puerta de Angkor Thom, las puertas del inframundo de Ta Prhom, los relieves de Bendir Srey, la soledad de Preah Kahn... pero ante todo la grandiosidad de Angkor Wat. Podría hablar de los templos, o dar wikichapas de mentira porque todo lo que sé del Imperio Khemer lo he leído el ultimo mes, pero lo mejor es que vayais (por mi trabajo esta semana deberían de darme la medalla al merito turístico de Camboya)

Y eso solo las piedras..porque lo poco que vimos desde el tuk tuk de Camboya nos fascinó…arrozales de un verde eléctrico, y selva de un verde mas eléctrico áun (si tuviera que elegir entre la selva y las piedras nunca sabría con que quedarme….bueno, para eso esta Ta Phrom…), monos, tuk tuks de colores y palafitos

Sobre los khmeres hay muchas cosas que decir, que parecen muy felices (aún más pensando de dónde vienen), que tienen un donde lenguas asombroso, que son lo más espabilado que he visto en el trópico, que como los thais no se espabilen en una década se los han comido a todos, que tienen unos niños encantadores que te sacan un dólar en cuanto te descuides, y que al grito de “Susana bonita” te venderán cualquier cosa…

*a la Copa de Europa, en el original (nota del editor)

miércoles, 24 de junio de 2009

Una Noche en Mersing

Es madrugada y al menos en Mersing no hace el calor insoportable, aún en plena noche, de otros sitios. Puede que la humedad sea aún mayor que en el interior pero, al menos aquí, la proximidad del mar modera la temperatura. Me encanta esta frase, el mar modera las temperaturas. Lleva grabada en mi cabeza al menos veinte años, cuando la leí, sin entenderla del todo, durante alguna clase de ciencias naturales en cuarto o quinto de EGB. La tuve que memorizar, así hasta hoy.

Vuelvo a echar un vistazo al reloj y considero la posibilidad de que se haya quedado sin pilas. Parece que la aguja no se haya movido durante la última hora. Intento cambiar de postura pero el banco sobre el que estoy tumbado no da más de sí. Miro a mí alrededor y compruebo que cada vez hay más gente durmiendo en los bancos del embarcadero. Todos esperamos al ferri de las seis y treinta.

Pese a tener los ojos cerrados no consigo dormir. Estoy cansado y las luces del puerto apuntan directamente hacia a mi cara. Sabedor de las penurias que me esperaban por pasar aquella noche decidí traer una almohada y ahora al menos una parte de mi cuerpo reposa sobre algo blando. Dos bancos a mi derecha escucho una conversación en una lengua que cada vez me parece más limitada. Apenas chapurreo algo de malayo, sé preguntar direcciones, pedir la comida, pero poco más. Aquí te puedes manejar con el inglés así que no hay necesidad de esforzarse. Y aún así, cada vez que escucho a alguien hablándolo me parece entender muchas de las palabras que utilizan. Muchas más de las que debería entender al menos. ¿Tan pobre es este idioma?

Otras dos personas se unen a la conversación que cada vez parece más animada. Entumecido por la falta de sueño y cansado por las cinco horas que duró el viaje en autobús desde la estación de Pudu, busco en mi mochila el iPod. Elijo algo suave que me ayude a dormir. El banco es de plástico, de esos que puedes encontrar en cualquier sala de espera, con cuatro o cinco asientos por fila. Me recuerda al ambulatorio que había en mi barrio, a los jueves por la tarde y a la vacuna en el frigorífico. A la sala de espera. Con los ojos cerrados veo al practicante preparando la jeringuilla y a mi mismo remangándome el jersey del uniforme. Ya estoy acostumbrado al proceso semanal y los años de visitas rutinarias que ya no me provocan temor alguno. Siento el pinchazo en el brazo, frío, cortante, y noto cómo el líquido entra poco a poco por mis venas. La semana que viene a la misma hora, se despide el médico.

El pinchazo me devuelve a la realidad. El mosquito hace tiempo que se ha marchado pero la marca de su picadura me acompañará durante los próximos días. Me rasco y miro hacia atrás. La conversación ha subido de tono y las risas le ganan la batalla a la música. Me incorporo y busco el anti-mosquito. A mi lado pasa uno de los contertulios que se dirige al baño y que desde la distancia grita algo al grupo de detrás. Me vuelvo y le chisto para que se calle ¿es que no ves que hay gente durmiendo? El tipo se gira y me sostiene la mirada. Por unos instantes parece que me va a contestar, pero finalmente se escabulle tras la puerta del baño.

Cierro los ojos y pienso en aquella otra vez cuando me sucedió algo parecido en la playa. Era media tarde y no se veía ni un alma en la orilla. Estaba totalmente solo y profundamente dormido. De fondo, el sonido hipnotizador de las olas del mar y el ritmo pausado de mi respiración. Entonces no fue un muchacho hablando a voces con sus amigos, sino una malaya gritándole a su marido al otro lado de las dunas lo que me despertó. La mala leche que se me puso. No había nadie en la playa más que yo, dormido profundamente sobre la toalla, y esta señora que no se molestó en pensar si su grito me molestaría estando como estaba a escasos metros de mi. ¿Cómo podemos ser tan diferentes?

Intenté poner la mente en blanco y olvidarme del asunto, pero abstraerme de las voces y los gritos no resultaba tan fácil. Subí un tono el volumen de mi iPod. En España es bastante habitual que alguien se te quede mirando, desafiándote ante la más mínima provocación. No tienes más que acercarte a la puerta de cualquier Opencor y mantenerle la mirada durante más de dos segundos a cualquier chaval para encontrarte en medio de una bronca. Aquí es diferente, ¿o eso era en Indonesia?

El día empieza a clarear y cada vez se concentra más gente en los alrededores. Me estiro y me acuerdo del bar en el que he estado sentado hace tan solo un par de horas. Mesas de plástico, sillas de plástico, mal café. Todo está sucio, las paredes, el suelo. Hasta el camarero parece sucio. Hago las cuentas y me salen. No es tan raro que en este país sea todo tan barato, me digo. Al menos el bar tenía tele y, para sorpresa mía, el partido de España estaba a punto de empezar. Qué suerte, al menos se me va a hacer corta la espera. Pido el café mientras los jugadores se animan unos a otros en el túnel de vestuario. Saltan al campo y a los cinco minutos de juego descubro que las imágenes que veo son en diferido y que España ya ganó a Irak por un gol dos noches atrás. Ahora, en el puerto, pienso en lo bien que habría estado si aquel partido hubiese sido en directo. Dos años sin fútbol es mucho tiempo, pero no tanto como tragarte un partido del que ya conoces el final. Maldigo mi suerte. Si al menos no hubiese sabido el resultado.

Por fin abren las taquillas para comprar los billetes del ferri. Al llegar mi turno me dicen que no hay ninguna reserva a mi nombre. Mire bien por favor, que el viaje me lo ha organizado una agencia de submarinismo y aquí tengo un email diciendo que todo está en orden. Nada, mi nombre no aparece por ningún lado. Compro el billete resignado y me voy a esperar de nuevo a mi banco. Tan solo me queda otra hora más de espera y las dos horas en el barco.
Ya ha amanecido. Me rasco el brazo y guardo la almohada. Los malayos que no paraban de hablar por fin se han dormido.

jueves, 18 de junio de 2009

Time for a Tiger - The Malayan Trilogy

Fanella Crabe: "It´s so damned hot. Doesn´t it ever get any coller?"
Victor Crabe: "I like the heat."

The humidity could be blamed for many things: the need for a siesta, corpulence, the use of the car for a hundred-yard journey, the mildew on the shoes, the sweatrot in the armpits of dresses, the lost bridge-rubber or tenis-set, the dislike for the whole country.

Victor: "I quite like the country."
Fanella: "But what is there to like? Scabby children, spitting potbellied shopkeepers, terrorists, burglars, scorpions, those balsted flying-beetles. And the noise of the radios and the eternal shouting. Are they all deaf or something? Where is this glamorous East they talk about? It´s just a horrible sweating travesty of Europe. And I haven´t met a soul I can talk to.

Victor: "We´re together. We can talk to each other."
Fanella: "Why should we have to come out here to do that? It was more comfortable in London."

pag.34 Time for a Tiger - The Malayan Trilogy

Una pena que el libro sea difícil de encontrar en España porque es realmente divertido. Lo he buscado en La Casa del Libro y en la Fnac, así como en otras librerías más pequeñas, y no he tenido suerte en ninguna. Trata sobre un matrimonio inglés que se instala en Malasia durante los años cincuenta cuando ésta era aún colonia británica y, estoy seguro que, cualqueira que viva o haya vivido por aquí se sentirá ampliamente identificado con la historia y sus personajes. Yo mismo suscribiría cualquiera de las posturas del texto de arriba, unas veces soy Victor y otras veces, no me queda más remedio, Fanella.