
martes, 16 de septiembre de 2008
viernes, 12 de septiembre de 2008
Un Tipo Genial
Como tantos otros indonesios se llama Mohamad pero todo el mundo le conoce como Ace (leído H). La mayoría de sus frases acaban con la palabra “pinga” y casi todas sus conversaciones en una carcajada. Aunque nació en Yakarta siempre supo que quería viajar a Europa y conocer Holanda, el país donde nació su abuelo. Tiene 58 años pero parece algo mayor.
Pronto perdería la energía con la que llegó a Ámsterdam, era el final de la década de los 60 y quién sabe si aquello resultó demasiado para el. Desencantado, decidió marcharse a la Costa del Sol donde encontró un trabajo como relaciones públicas en un restaurante indonesio de Málaga. Los holandeses son fríos y tacaños, dice comiéndose las palabras con su acento peculiar, el carácter de los españoles mucho mejor, pero hablo de los del sur, eh? los del norte muy tacaños también.
Guarda muchísimas anécdotas de los 8 años que pasó en España, los más felices de mi vida, recuerda. No hablaba ni una palabra de español pero pronto conoció a muchísima gente que le ayudaría con el idioma. Guardias civiles, taxistas, camareros, era el único indonesio de Torremolinos así que todo el mundo le conocía. Se hizo socio del Málaga y aunque su ídolo era Cruyff a mi, madridista de pro, me habla de Santillana y de Amancio y de lo grande que le pareció el Bernabeu por dentro. Todavía escucha canciones de Julio Iglesias, su cantante preferido, y sigue hablando con nostalgia de Ana María, la enfermera malagueña con la que salió 4 años.
En 1977 lo vuelve a dejar todo, Ana María incluida, para volver a Indonesia a cuidar de su padre enfermo. Un día el Embajador de España llevó su Mercedes averiado al taller donde trabajaba y enseguida hicieron buenas migas. Dos años después abrieron la Oficina Comercial y el Embajador no dudó en llamarle, Ace qué te parecería trabajar en la Embajada?
En 1981 yo muy cerca del Rey, me dice. Él, donde tu estás y yo, muuuy nervioso, aquí, muuuy estirado, al lado de esta mesa. Ace, me dijo sonriendo, tú tienes que hablar conmigo como si yo fuera cualquier otro, recuerda que le dijo el Rey.
Por desgracia no todo el mundo le ha tratado con tanta amabilidad, los tres primeros consejeros muy buenos conmigo, otros no tanto. Personalmente, me resulta increíble que alguien se pueda llevar mal con un personaje así pero hay gente para todo. Hace unos años le quitaron la llave de la Oficina porque a alguien se le ocurrió que el personal local no era de fiar. No me importa, antes siempre llegaba el primero, ahora, dice, me quedo más tiempo en la cama o me bajo a jugar al ajedrez (Ace es el auténtico Karpov de la Embajada).
Aunque nadie se lo pide todos los años se encarga de echar una mano a los becarios. A nosotros nos buscó las motos y ahora nos ha buscado compradores. Un sábado, nos llevó a ver al curandero de su barrio y, siempre que puede, nos ayuda con los viajes que hacemos. A mi me consiguió un sofá cama por la mitad de precio.
Después de 28 años trabajando en la Oficina aún no tiene claro si su contrato está regulado por la ley española o no. No sabe si puede cogerse los 3 días extra de vacaciones que el convenio español otorga a los empleados de la administración con más de 25 años en el cargo. Su jefe se los ha denegado y él dice con filosofía que no quiere pelear por ellos, que no merece la pena.
El 8 de agosto Ace faltó al trabajo. Tenía un dolor agudo en el pecho y se marchó al hospital. Allí pasó dos semanas ingresado, en la misma planta donde meses atrás había muerto Soeharto, decía con orgullo. Ya en casa pero aún convaleciente, recibió una llamada de su jefe, había mucho trabajo en la oficina y tenía que incorporarse cuánto antes. Ese mismo día volvieron a ingresarle. Había sufrido un infarto severo de miocardio. La operación duró varias horas, el tiempo necesario para hacerle un triple bypass. Pasó 3 días en la UCI y perdió un montón de peso.
Hoy, Ace está de vuelta en la oficina, trabajando en su viejo despacho de siempre, un pequeño cuarto sin ventanas impregnado del olor dulce del clavo de sus cigarrillos. Aunque sigue fumando más de lo que debiera el siempre se excusa, ahora solo tres pitillos al día hombre.
Hoy quería que conocieseis a este personaje de risa contagiosa y tos delicada. Un hombre que durante veintitantos años ha trabajado para nuestro país y que pese a trabajar en una Embajada no pisa suelo diplomático, qué vergüenza. Este año ha pasado mucha y muy variada gente por mi vida pero sé que dentro de unos años, cuando vuelva la vista atrás y piense en los indonesios en general, mis recuerdos se centrarán en este personaje tan particular. En Ace, un tipo genial.lunes, 8 de septiembre de 2008
3 min 10 seg
El otro día cansado de esperar me dio por pensar en qué cosas se pueden hacer en 190 segundos y esto es lo que salió...
- Escuchar cualquiera de estas canciones en mi iPod…
- O por ejemplo, estas dos seguidas...
- Mandarle un mail a Escher preguntando por cosas que puedes hacer en 190 segundos y contar con te responderá antes de 3 minutos y 10 segundos.
- Repetir la misma palabra una y otra vez hasta que solo suene a un montón de sonidos puestos juntos.
- Buscar, cargar y ver dos vídeos en youtube (uno detrás de otro)…
...y aún te sobra algo de tiempo para repetir unas cuantas veces “I dare you! I double dare you mothafucker!” hasta conseguir el acento de Samuel L. Jackson
Y cómo la inspiración me fallaba os he preguntado a vosotros… ¿Qué cosas puedes hacer en 190 segundos?
Escher dijo, chato? no te entiendo... en qué plan?? se te fue la olla? has petado? te vas a acabar comiendo el pasaporte para que no te saquen de Yakarta? (caso real sucedido en Kiev)
Lolo dijo, ver 19,60 veces la final de los 100 metros lisos de Pekín 2008
El Rubens dijo (entre muuuuchas otras cosas), echarse un eructo de competición de los que tu siempre has sabido hacer, plantar un pino, mirar un pivón en tu oficina, mirar un pivón por la calle, mirar un pivón, (…) plantar un pino y hacer un perfect.
Raúl dijo, pasar 3 minutos intentando no pensar en pinguinos
Luis dijo, bajarte el último disco de Bustamante y… bueno, contestar a este mail
Roberto dijo, pero son para hacerlas tú solo, o con más gente?
Escher, escribió de nuevo y dijo, jo! sólo se me ocurren guarradas :(
...¿y qué más cosas se te ocurren a ti?
- Escuchar cualquiera de estas canciones en mi iPod…
- O por ejemplo, estas dos seguidas...
- Mandarle un mail a Escher preguntando por cosas que puedes hacer en 190 segundos y contar con te responderá antes de 3 minutos y 10 segundos.- Repetir la misma palabra una y otra vez hasta que solo suene a un montón de sonidos puestos juntos.
- Buscar, cargar y ver dos vídeos en youtube (uno detrás de otro)…
...y aún te sobra algo de tiempo para repetir unas cuantas veces “I dare you! I double dare you mothafucker!” hasta conseguir el acento de Samuel L. Jackson
Y cómo la inspiración me fallaba os he preguntado a vosotros… ¿Qué cosas puedes hacer en 190 segundos?
Escher dijo, chato? no te entiendo... en qué plan?? se te fue la olla? has petado? te vas a acabar comiendo el pasaporte para que no te saquen de Yakarta? (caso real sucedido en Kiev)
Lolo dijo, ver 19,60 veces la final de los 100 metros lisos de Pekín 2008
El Rubens dijo (entre muuuuchas otras cosas), echarse un eructo de competición de los que tu siempre has sabido hacer, plantar un pino, mirar un pivón en tu oficina, mirar un pivón por la calle, mirar un pivón, (…) plantar un pino y hacer un perfect.
Raúl dijo, pasar 3 minutos intentando no pensar en pinguinos
Luis dijo, bajarte el último disco de Bustamante y… bueno, contestar a este mail
Roberto dijo, pero son para hacerlas tú solo, o con más gente?
Escher, escribió de nuevo y dijo, jo! sólo se me ocurren guarradas :(
...¿y qué más cosas se te ocurren a ti?martes, 2 de septiembre de 2008
De Cine
Por aquí lo llaman bioskop y, aunque no he ido mucho, he caído en la cuenta de que ir al cine en Yakarta tiene sus ventajas y sus desventajas. Lo mejor de todo es, sin duda alguna, el precio. Por apenas un euro y medio entre semana, y 2 euros el fin de semana te puedes ver una peli. Tirado.
Las salas son todas muy nuevas, las pantallas gigantes y las butacas muy cómodas. Aunque entre sesión y sesión me colé en una para hacer una foto, no he tenido el placer de acudir a una de las salas especiales, o velvet auditorium, en las que disfrutar de la película (o de tu pareja) tirado en una cama, con mesita y servicio de camareros incluido durante toda la sesión. En la página web lo venden además con fluffy pillows y warm and comfy blankets. Espero que limpien las babillas después de cada sesión porque aquí mis amigos los indonesios se quedan dormidos hasta en las motos, menudas siestas se tiene que echar el personal.
La mayor desventaja es la escasa oferta de películas de calidad. Casi todas las cintas occidentales que se estrenan en Yakarta son comedias americanas estúpidas y películas de terror aún más estúpidas. A esta gente les chifla el estilo “sé lo que hiciste el último verano” (concepto que no deben entender muy bien porque aquí siempre es verano). Pero lo que más llama la atención cuando vas al cine es la censura. En Indonesia existe una junta censora dispuesta a meterle la tijera a cualquier escena de contenido sexual, sin preocuparse por la estética del resultado final. Al comienzo de cada película aparece un mensaje indicando que el film ha pasado por la censura. De esta forma, una película tan inocente como “Amor en tiempos de cólera” dura aproximadamente 10 minutos menos en Indonesia que en su versión original, hecho que provoca no solo el que te pierdas alguna tetilla (muy importante) sino que termines perdido en la trama (un detalle sin mayor importancia si lo que has ido a ver son las tetillas).
En definitiva, una muestra más de la intolerancia de la que a veces hace gala Indonesia, un país de enormes contradicciones en el que, por ejemplo, no existe edad mínima para comprar tabaco o alcohol, o en el que los restaurantes no sirven ni siquiera cerveza durante el ramadán (para más información, consulte la nota sectorial El Mercado del Vino en Indonesia por David de Andrés).miércoles, 27 de agosto de 2008
Tratando de Conocer el Mundo
Al convertirte en becario ICEX tu vida da un vuelco en muchos sentidos. En poco tiempo tienes que acostumbrarte a una nueva ciudad, a otros amigos y a otro clima. A vivir alejado de tu familia, tus costumbres y tus hábitos. Se puede decir que el becario ICEX nace de nuevo a la edad de veintitantos y, como un recién nacido, lo hace sin saber dónde ni cómo. El destino decide en qué parte del mundo vivirá y, si me pones, hasta qué amistades tendrá.
Al crecer, el becario ICEX se va a haciendo a su país. Casi casi te vas haciendo de ese país. El aterrizar en este o en aquel otro país te da la posibilidad de descubrir esa tierra no como turista sino (casi) como local. En mi caso haber nacido en Yakarta me ha dado la posibilidad de conocer Indonesia desde dentro, como uno más.
El fin de un becario ICEX es conocer mundo (al menos eso fue el objetivo que yo me propuse) y quién sabe si tratar de entenderlo un poquito más. Por lo que viajar se convierte en imperativo. Hace poco he vuelto de mis vacaciones por Vietnam. Siete días sin parar (quién dijo vacaciones?) entre Saigón, Hanoi y alrededores, Sapa y la Bahía de Halong.
Una de las imágenes que se me queda grabada con más fuerza en cada viaje es la primera, y ésta suele coincidir con alguna vista aérea momentos antes del aterrizaje. Esta vez la instantánea era de color marrón barro. Se trataba de un río zigzagueante con un caudal inmenso que bañaba las áreas industriales de Ho Chi Minh City, la antigua Saigón, la capital del Sur. Iba a decir que, por asociación, ese color y ese río me recordaron a la guerra de Vietnam, pero para ser más exactos diré simplemente que a lo que en realidad me recordó fue a las películas americanas sobre la guerra de Vietnam. Por suerte esa asociación desapareció en cuanto puse un pie fuera del avión y salvo durante una fugaz visita al Museo de las Atrocidades Perpetradas por el Ejercito Americano, no volvió a aparecer de nuevo. Por suerte, decía, el Vietnam que descubrí era mucho más interesante y antiguo al que conocía de las películas. De la moderna Ho Chi Minh viajamos a la más casera Hanoi, a su barrio antiguo y sus mercadillos, a su teatro de marionetas en el agua y su excursión a las pagodas.
Catorce horas nos llevó recorrer en tren los 380 kilómetros que la separan de la frontera con china. Un viaje amenizado por señoras vietnamitas en pijama y bolsas de acelgas en los maleteros. Un viaje largo que, sin embargo, repetiría con los ojos cerrados para conocer Sapa, un pequeño pueblo en las montañas, hogar de los Black H´mong y los Red Dzao. Lugar místico cubierto siempre de nubes bajas e interminables terrazas de arroz.
La leyenda dice que hace mucho tiempo, cuando los vietnamitas luchaban contra los invasores chinos, los dioses enviaron a una familia de dragones para que defendieran el territorio. La leyenda dice que las piedras y las joyas que escupieron los dragones se convirtieron en miles de islas y conformaron lo que hoy conocemos como la Bahía de Halong.
Vietnam es un país increíble, lleno de contradicciones y lugares de ensueño. Lo peor del viaje ha sido la sensación que me he traído en la maleta de haber pasado siete días de turista en una tierra extraña. De no haber podido conocer más a fondo este maravilloso país. De no haber sido capaz ni de dar las buenos días. Lo peor de todo ha sido caer en la cuenta de que probablemente esta sensación me acompañe de aquí en adelante y para el resto de mis viajes. Y lo raro es que esta sensación no la había tenido nunca. Jamás me había parado a pensar en si durante mis viajes era más o menos turista. Por eso no quiero hablar más de Vietnam. Porque no la conozco y no puedo juzgarla. En este tiempo he caído en la cuenta de que no es posible disfrutar de un país con una cultura y una tradición tan diferente al nuestro en una visita que apenas dura una semana (o dos, o un mes). Qué frustración saber que no perteneces a ese lugar, que no lo entiendes, que a menos que te vayas a vivir allí y lo explores a fondo nunca tendrás la oportunidad de conocerlo, de sentirte uno más y de sentirlo dentro. Aunque peque de ingenuo, solo me he dado cuenta ahora de lo difícil que resulta conocer mundo y de que existe una diferencia abismal entre visitar y conocer. Qué amarga sensación descubrir que tenemos tanto de turistas y tan poco de viajeros.
miércoles, 13 de agosto de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
Indosincrasia en el Servicio
Poniendo voz de Coco… Hoy vamos a hablar de nuestra amiga, la higiene. Y no de higiene en general sino de la higiene al excretar. Por eso, tal vez no debería empezar esta entrada al etilo Barrio Sésamo sino en un tono mucho más serio, en modo presentador de telediario de cuando éramos pequeños, poniendo cara de gravedad y advirtiendo… las siguientes imágenes pueden herir la sensibilidad de nuestros telespectadores ¿Ya no dicen estas cosas verdad?
Una de las primeras cosas que te llama la atención de Indonesia es una pequeña manguerita que cuelga de uno de los extremos de las tazas de váter (o de los váteres, se dice así? tanto utilizar esta palabra, y no solo en su forma escrita, ejem! y no sé ni escribirla). Bueno, se trata de un artilugio de goma, dispositivo dirían algunos, con el cual los musulmanes se limpian el trasero después de hacer sus necesidades. Aunque a primera vista parece bien simple, la fuerza y la presión con la que sale disparada el agua hacen que mi mente estrecha aún no comprenda del todo su funcionamiento. En mi opinión no estaría de más que, al igual que en los secadores de mano, se ofreciesen unas pequeñas indicaciones sobre su uso y, por qué no, algún dibujito explicativo. A mi modo de ver el procedimiento debe ser parecido al siguiente, aún sentado en la taza introducir la manguera por el huequito que queda entre las piernas, jaaarl! y aplicar sobre una de las manos. Nunca directamente sobre la zona cero o área a higienizar. El disparar directamente sobre el objetivo puede convertir el asunto en una bomba de racimo, advertiría el manual. Sin querer entrar en más detalles, otra de las cosas que te sorprenderán es lo larga que los indonesios se dejan la uña del dedo meñique. Algunos dicen que la usan para poner el intermitente sin necesidad de retirar la mano del volante. Mentira, os digo yo, los indonesios no ponen los intermitentes, quizá las usen para raspar las zonas de difícil acceso o conseguir un mejor acabado pero bueno, yo sí que había dicho que no iba a profundizar, verdad? Sea como sea, recuerda que, por muy sucia que tengan la mano derecha, al saludar a un musulmán nunca debes estrechar su mano izquierda.
El váter de la oficina carece de manguera, no obstante se encuentra en territorio español, qué cojones de manguerita! Lo que nosotros tenemos, contiguo a la taza del váter, es un bidé (o se dice bidet? esta palabra la uso mucho menos y tampoco sé cómo se escribe, Ay!) que los empleados locales, aún recelosos del papel higiénico, utilizan como suplemento del chorro. Aún recuerdo que, al poco de llegar, no era raro encontrarme con el suelo del baño empapado y, misteriosamente, siempre era alrededor del bidé. Yo miraba al suelo encharcado y la única explicación que encontraba provenía de una escena en la que Paul Hogan investiga el servicio de un hotel en Nueva York. Al poco entendí el significado de aquello, los indonesios gustan de hacer chafún! al utilizar el bidé.
La higiene en este país no conoce fronteras y al visitar un baño público encontrarás otros elementos que llamarán tu atención. Véase el típico vasito de agua encima de los inodoros o los lavabos a ras del suelo. Los primeros se utilizan para lavarse después de orinar. Refrescante a la vez que relajante, si se te va caer la gotita en el calzoncillo, que al menos sea de agua y no de aguita amarilla. Los segundos sirven para lavarse los pies antes de la oración. Las únicas toallas que se ven en los lavabos se utilizan para el secado de los pies pero no resulta raro encontrarse a un guiri despistado utilizándola para secarse las manos y lo que es peor, para secarse la cara.
Bueno, haciendo balance y tratando de sacar alguna conclusión de tanta escatología gratuita, podemos concluir que, en cuanto al lavado genital se refiere, los indonesios están a años luz de nosotros. Yo mismo no estaba muy convencido de ello pero un indonesio me dijo una vez, y si os conformáis con un trocito de papel para limpiaros el culo ¿por qué os laváis las manos con agua? Es que acaso no te llega con el papel. Touché, pensé yo.
Una de las primeras cosas que te llama la atención de Indonesia es una pequeña manguerita que cuelga de uno de los extremos de las tazas de váter (o de los váteres, se dice así? tanto utilizar esta palabra, y no solo en su forma escrita, ejem! y no sé ni escribirla). Bueno, se trata de un artilugio de goma, dispositivo dirían algunos, con el cual los musulmanes se limpian el trasero después de hacer sus necesidades. Aunque a primera vista parece bien simple, la fuerza y la presión con la que sale disparada el agua hacen que mi mente estrecha aún no comprenda del todo su funcionamiento. En mi opinión no estaría de más que, al igual que en los secadores de mano, se ofreciesen unas pequeñas indicaciones sobre su uso y, por qué no, algún dibujito explicativo. A mi modo de ver el procedimiento debe ser parecido al siguiente, aún sentado en la taza introducir la manguera por el huequito que queda entre las piernas, jaaarl! y aplicar sobre una de las manos. Nunca directamente sobre la zona cero o área a higienizar. El disparar directamente sobre el objetivo puede convertir el asunto en una bomba de racimo, advertiría el manual. Sin querer entrar en más detalles, otra de las cosas que te sorprenderán es lo larga que los indonesios se dejan la uña del dedo meñique. Algunos dicen que la usan para poner el intermitente sin necesidad de retirar la mano del volante. Mentira, os digo yo, los indonesios no ponen los intermitentes, quizá las usen para raspar las zonas de difícil acceso o conseguir un mejor acabado pero bueno, yo sí que había dicho que no iba a profundizar, verdad? Sea como sea, recuerda que, por muy sucia que tengan la mano derecha, al saludar a un musulmán nunca debes estrechar su mano izquierda.
El váter de la oficina carece de manguera, no obstante se encuentra en territorio español, qué cojones de manguerita! Lo que nosotros tenemos, contiguo a la taza del váter, es un bidé (o se dice bidet? esta palabra la uso mucho menos y tampoco sé cómo se escribe, Ay!) que los empleados locales, aún recelosos del papel higiénico, utilizan como suplemento del chorro. Aún recuerdo que, al poco de llegar, no era raro encontrarme con el suelo del baño empapado y, misteriosamente, siempre era alrededor del bidé. Yo miraba al suelo encharcado y la única explicación que encontraba provenía de una escena en la que Paul Hogan investiga el servicio de un hotel en Nueva York. Al poco entendí el significado de aquello, los indonesios gustan de hacer chafún! al utilizar el bidé.La higiene en este país no conoce fronteras y al visitar un baño público encontrarás otros elementos que llamarán tu atención. Véase el típico vasito de agua encima de los inodoros o los lavabos a ras del suelo. Los primeros se utilizan para lavarse después de orinar. Refrescante a la vez que relajante, si se te va caer la gotita en el calzoncillo, que al menos sea de agua y no de aguita amarilla. Los segundos sirven para lavarse los pies antes de la oración. Las únicas toallas que se ven en los lavabos se utilizan para el secado de los pies pero no resulta raro encontrarse a un guiri despistado utilizándola para secarse las manos y lo que es peor, para secarse la cara.
Bueno, haciendo balance y tratando de sacar alguna conclusión de tanta escatología gratuita, podemos concluir que, en cuanto al lavado genital se refiere, los indonesios están a años luz de nosotros. Yo mismo no estaba muy convencido de ello pero un indonesio me dijo una vez, y si os conformáis con un trocito de papel para limpiaros el culo ¿por qué os laváis las manos con agua? Es que acaso no te llega con el papel. Touché, pensé yo.
viernes, 1 de agosto de 2008
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